miércoles, 27 de abril de 2016

Lo asquerosito pero maravilloso: la Placenta

No recuerdo bien si lo comenté por acá (estoy casi segura de que lo hice unos post más abajo) pero con Nicolás decidimos pedir la placenta en la Clínica. Acá en Chile recién se están abriendo a estas posibilidades, pero el proceso es mucho más fácil cuando se pertenece a la etnia Mapuche, ya que ellos realizan un ritual con ella. Para los simples mortales que planeamos prepararla y comerla, la cosa no es tan fácil. Lo primero que hicimos fue comentárselo al Doctor, que nos miró con cara de WHAT WEA BROTHER, y nos preguntó por qué la queríamos. Le explicamos que en varias culturas se la comen por un tema espiritual y por la cantidad de vitaminas y minerales que contiene, e incluso la Medicina Tradicional China tiene una forma de preparación que queríamos probar y que me podía ayudar con el tema de la anemia. Tiernamente nos dijo "aahh, pero para eso están las vitaminas!". Como que reímos por cortesía. Le preguntamos si sabía qué debíamos hacer para llevarnos la placenta a la casa, y nos dijo que una paciente de él había hecho la solicitud en la Clínica y que no se lo habían permitido, porque el manejo de REAS en la sistema privado era más complejo que en el sistema público, donde entregaban las placentas a las familias mapuche.
Evidentemente salí bajoneada de la consulta y me metí a grupos de facebook de Medicina Placentaria y consulté cómo se hacía. Me dijeron que mandara una carta a la Clínica, que había una carta tipo disponible en internet y que dejara constancia en el Seremi de Salud o algo por el estilo. Encontré la famosa carta tipo, y como Nicolás me ha enseñado a ser muy busquilla, busqué todas las referencias que tenía la carta tipo que me facilitaron en ese grupo de Facebook pero resultó que toda la normativa que citaban era Mexicana.
Estuve cerca de 3 días buscando guías de manejo de REAS del Ministerio de Salud, los derechos y deberes del paciente, y blah blah, mandándonos correos con Nicolás con las cosas que encontrábamos y nos podían servir y finalmente redactamos una carta.
La entregamos y al par de días nos respondieron que accedían a nuestra petición <3.
Mucha felicidad para nosotros!

Pasaron las semanas y nuestro querido Víctor nació. Mi madre fue la encargada de llevar la placenta a la casa, y una semana después nos dispusimos a prepararla (o bueno, Nicolás se dispuso a prepararla). 



Así quedó después de que le sacó las membranas

Así quedó cocida. Según Nicolás, tiene sabor a panita.
 Fue una odisea de un día y medio. Nicolás, como buen maniático de la asepsia, ordenó la cocina, la limpió con cloro, al igual que todos los utensilios que usó. Prácticamente nos puso una cerca en la puerta de la cocina para que no pasáramos porque podíamos contaminar el asunto jajajaja.
Luego vino la cocción leeenta al vapor. Debo decir que salía un olor asqueroso de la cocina, me recordaba a la panita que había intentado comer unos días antes para recuperar hierro y que finalmente no pude comer. La dejó enfriar y luego la deshidrató, proceso que duró cerca de 10 horas.
Luego vino la odisea de moler ese charqui y meterlo a cada cápsula. Como no planeamos tener más hijos de aquí a unos buenos años más, no compramos un encapsulador, así que cada una de las 120 cápsulas que salieron fueron llenadas una a una por él (Amor de verdad).


Aquí unas cuantas cápsulas y un bebé Víctor.
Ya llevo unas semanas consumiendo a estas chiquillas y debo decir que son lo máximo. La primera semana estuve consumiendo entre 3 y 4 diarias, 2 en la mañana para despertar (es como tomarse un café) y una en la tarde para seguir funcionando. Cuando me empezaba a marear (La Anemia me invadió de manera descomunal, llegué a la casa prácticamente sin color en la cara y estuve una semana con una dieta estricta de carne 3 veces al día).
Ahora me tomo 1 en la mañana y si estoy muy cansada, otra en la tarde. Cuando debo salir a hacer trámites me tomo otra para no morir en el intento, y ya a casi 3 semanas de haber empezado a consumirlas me siento estupendo. Poco a poco ha ido volviendo el color a mi cara.

En pocas palabras, como suelo comentarle a la gente "son como las semillas del ermitaño de Dragon Ball".


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